Conociendo a Japón: TRES MARGINALES

Paralelamente al arte de la estampa se desarrollaron dos nuevas escuelas de pintura: la escuela Nanga o Bunjinga, que era un regreso al modelo chino de las pinturas de letrados, y la escuela Shijo, que se basaba en una observación naturalista del mundo y del entorno, vegetal y animal.

Además, en Kioto, tres artistas, Jakuchü, Shohaku y Rosetsu, verdaderos marginales de la sociedad, realizaron obras fuera de toda norma que les valieron el calificativo de «excéntricos», Consideraban la creación artística como la expresión absoluta de la libertad, luchando así contra el poder de las corrientes religiosas ortodoxas y del omnipresente control del Estado sobre los espíritus, El zen, con su laconismo y sus aparentes incoherencias, les reunía en su deseo de superar el formalismo.

Ito Jakuchü (1716-1800) representó gallos como un ejercicio cotidiano de meditación, los gallos rojos de la violencia y los gallos negros de los cantos al alba. Soga Shohaku (1730-1781) pintaba, con el cepillo empapado en tinta, sabios algo ebrios y algo locos en biombos con fondo de oro junto a un viejo pino digno del estilo Kano… un modo de burlarse del arte oficial. Wagasaka Rosetsu, por su parte, hacia 1785, aceptó un encargo monumental: ciento ochenta paneles correderos destinados a tres templos de la provincia de Kii. Pintó elefantes, búfalos jugando con cachorros gordezuelos y jóvenes cuervos, parodiando la escuela naturalista de Shijo. Virtuoso de variado talento, transformaba los animales y las plantas en monstruos bonachones y en vegetales procedentes de otro planeta, burlándose de la perspectiva, invirtiendo lo grande y lo pequeño, haciendo fantástico el naturalismo.

Shohaku fue excéntrico y revolucionario, se burlaba de los poderosos y ofendía las tradiciones. Lanzaba la tinta sobre el papel como con rabia, representaba a personajes santos en estado de ebriedad. La poetisa de la época Heian, Ono no Komachi, famosa por su belleza y su refinamiento, se ha convertido en una vieja hirsuta de mirada extraviada por la locura.

Jukuchú, cuyo nombre significó «parecido al vacio», se convertiría en 1738 en discípulo de un monje zen de Kioto. Más tarde se interesó por la botánica y la zoología y durante todo un periodo representó gallinas y gallos en el más puro estilo clásico. Poco a poco, evolucionó hacia un estilo más “sinizante”… aunque para representar en forma de legumbre distintos episodios de la vida de Buda.

En cuanto a Rosetsu, daba, según dicen, señales de rareza. Le gustaba especialmente pintar elefantes de tamaño natural sobre biombos o puertas correderas de templos y palacios.

Próxima Entrega:
La naturaleza al aire libre:
Hokusai, Hiroshige y Kuniyoshi

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